Los baobabs de Madagascar: la historia secreta del árbol que parece plantado al revés

Los baobabs de Madagascar: la historia secreta del árbol que parece plantado al revés

Hay árboles que se admiran. Y hay árboles que se cuentan, de generación en generación, alrededor del fuego. El baobab pertenece a esta segunda categoría, y en Madagascar, donde crece en sus formas más extrañas y espectaculares, su historia empieza mucho antes de que el primer humano pisara la isla.

Lo que a simple vista parece un capricho de la naturaleza —un tronco descomunal coronado por unas ramas que semejan raíces al cielo— esconde en realidad millones de años de evolución, extinciones misteriosas y un vínculo profundo con las comunidades que han aprendido a convivir con él. Y hoy, además, una carrera contra el tiempo para que siga en pie.

¿Cuántas especies de baobab existen en Madagascar?

Casi todo el mundo conoce el baobab africano, esa silueta solitaria recortada contra el atardecer de la sabana. Pero pocos saben que, de las ocho especies de baobab que existen en el mundo, seis son exclusivas de Madagascar. Ninguna otra tierra reúne tanta diversidad de un mismo género. Por eso muchos botánicos consideran que la isla fue la cuna original del baobab, antes de que la especie se extendiera hacia el continente africano y, cruzando océanos que hoy nos parecen infranqueables, hasta el noroeste de Australia.

Es un gigante de los bosques secos: puede alcanzar los 30 metros de altura y su tronco, hasta 8 metros de ancho, llega a verse incluso desde el espacio.

En los paisajes secos del oeste malgache, no es raro confundir un baobab con otros árboles de tronco hinchado, como la Moringa drouhardii o el Pachypodium geayi. No están emparentados entre sí. Simplemente, la misma sequía extrema y las mismas presiones del clima han esculpido soluciones parecidas en especies que no comparten ancestro común: pura evolución convergente.

¿Qué significa el nombre Baobab?

El origen de la palabra «baobab» es, en sí mismo, un pequeño viaje. No proviene de ninguna lengua africana ni malgache, como cabría esperar, sino del árabe bu hibab, «fruto de muchas semillas». Fue un botánico italiano, Prospero Alpino, quien en 1592 documentó por primera vez este nombre, al describir los frutos que se vendían en los mercados de El Cairo.

El género Adansonia, dentro de la familia de las Bombacáceas, honra al naturalista francés Michel Adanson, quien en 1757 ofreció la primera descripción científica del árbol tras un viaje a Senegal. Aunque él lo llamó, con cierta falta de imaginación, «árbol calabaza».

¿Cuántos años vive un baobab?

Durante décadas se especuló que los grandes baobabs africanos podían tener hasta 5.000 años. Las investigaciones más recientes son algo más modestas, aunque no menos asombrosas: entre 1.000 y 2.000 años de vida parece una cifra más realista.

En Madagascar, el ejemplo más impresionante es el sagrado baobab Tsitakakakantsa en Andombiry, de la especie Adansonia grandidieri, con una circunferencia de 27,4 metros, que lamentablemente se está muriendo. Casi seis metros de diámetro de un árbol que probablemente ya existía cuando los primeros pobladores llegaron a la isla.

Su longevidad esconde además una ingeniería asombrosa. Para sobrevivir a meses sin una gota de lluvia, el baobab reduce al mínimo su follaje —de ahí esa silueta que parece mostrar las raíces al aire, en vez de las ramas— y, durante la estación húmeda, almacena hasta 140.000 litros de agua en las fibras de su tronco, que llega a engrosar varios centímetros en pocos meses.

El misterio de las semillas sin dispersor

Aquí es donde la historia del baobab malgache da un giro casi detectivesco. Hoy en día apenas se encuentran baobabs jóvenes en los bosques secos de Madagascar. Los investigadores llevan años intentando entender por qué la regeneración natural del árbol parece haberse detenido.

Una pista fascinante señala a un capítulo perdido de la fauna malgache. Como muchos árboles tropicales, el baobab necesita que un animal se coma su fruto entero y expulse luego las semillas intactas, lejos del árbol madre, para poder germinar en un nuevo lugar —un proceso llamado zoocoria. En África, son los babuinos quienes cumplen ese papel —de ahí que al baobab africano también se le llame «árbol del pan de mono». En Australia, canguros y ualabíes hacen lo propio.

Pero en Madagascar no existe ningún animal vivo conocido que disperse hoy las semillas del baobab.

¿Qué ocurrió entonces? Hace apenas 1.500 a 2.000 años, poco después de la llegada del ser humano a la isla, se desató una oleada de extinciones que se llevó por delante al menos 34 especies de grandes vertebrados: 17 lémures gigantes, tres hipopótamos pigmeos, dos especies de tortuga gigante y ocho aves elefante. Todo apunta a que el verdadero dispersor de las semillas del baobab desapareció en aquella hecatombe.

Los principales sospechosos son el lémur fósil Archaeolemur y el ave elefante Aepyornis, junto con las tortugas gigantes del género Aldabrachelys. De hecho, su pariente cercana que aún sobrevive en las islas Aldabra sigue comiendo semillas de baobab sin destruirlas —y estas germinan incluso mejor tras pasar por su tracto digestivo.

Sin ese dispersor original, el futuro a largo plazo de estos árboles legendarios podría estar en juego.

Los usos del baobab en Madagascar: un árbol que da de todo

El baobab malgache mantiene una relación estrecha y generosa con las comunidades que viven a su sombra. Sus frutos y semillas alimentan a la población, su corteza fibrosa se convierte en cuerdas para los carros de cebúes y en tejados para las casas, su madera esponjosa sirve para alimentar al ganado en plena sequía, y en el sur árido de la isla, el tronco mismo se ahueca para transformarse en pozo o depósito de agua durante la estación seca. Incluso la miel se recolecta de las colonias que anidan en sus huecos, y su fibra alimenta una pequeña artesanía local.

Es, en definitiva, un árbol del que no se desperdicia nada. Y por eso mismo, un declive de sus poblaciones no solo sería una pérdida ecológica: golpearía directamente los medios de subsistencia de las comunidades que dependen de él.

¿Por qué los baobabs están en peligro?

De las seis especies malgaches, tres figuran ya en la Lista Roja de la UICN bajo la categoría «en peligro»: Adansonia grandidieri, que crece en el Menabe y el Atsimo Andrefana; Adansonia perrieri, en las regiones de Diana, Sava y Nosy Be; y Adansonia suarezensis, en Diana y Sava. Una especie entra en esta categoría cuando enfrenta un riesgo elevado de extinción en estado silvestre en un futuro cercano.

Los científicos prevén que la temperatura en Madagascar aumente entre 1,1 y 2,68 °C de aquí a 2050, un cambio que alterará inevitablemente el régimen de lluvias y, con él, el área de distribución natural de la flora y la fauna de la isla.

Curiosamente, no todas las especies corren la misma suerte. El Adansonia grandidieri, que prospera en ambientes áridos con precipitaciones muy escasas, podría incluso ampliar su hábitat a medida que suba la temperatura —siempre que disminuya la presión humana sobre sus bosques. El panorama es mucho más sombrío para sus primos del norte: se estima que el hábitat del Adansonia perrieri pasará de 20.956 km² en 2010 a apenas 6.530 km² en 2080, reduciéndose casi por completo a las regiones de Sava y Diana. En cuanto al Adansonia suarezensis, algunos modelos apuntan a que podría desaparecer por completo antes de 2080. Los dos baobabs del norte de la isla son, con diferencia, los más vulnerables tanto al cambio climático como a la pérdida acelerada de su hábitat natural.

En los bosques ya degradados, la regeneración natural se vuelve casi imposible: faltan plantones jóvenes en cantidades preocupantes. Los incendios, la recolección de frutos por parte del hombre y la competencia con plantas invasoras se suman a la ausencia de dispersores naturales para dibujar un futuro incierto.

¿Qué se está haciendo para salvarlos?

La respuesta pasa por varios frentes que ya están en marcha. La restauración ecológica de los bosques degradados, realizada junto a las poblaciones vecinas que mejor conocen su territorio, es uno de los pilares. Para las especies al borde de la extinción, los botánicos están además explorando la conservación de semillas en bancos especializados, como último seguro de vida.

El otro gran frente es el refuerzo de las áreas protegidas donde aún sobreviven poblaciones silvestres de baobabs: Kirindy Mite, Andranomena, Menabe-Antimena, Mikea, Tsimanampesotse, Zombitse-Vohibasia, la Montaña de Ambre, la Montaña de los Franceses, Daraina y Marojejy. Ampliar su superficie y reforzar su protección es, para muchos conservacionistas, la prioridad más urgente. Es en esta línea donde organizaciones como el WWF concentran hoy sus esfuerzos, en paisajes prioritarios como el corredor Manambolo-Tsiribihina en el oeste, la región del Mahafaly en el suroeste y las Tierras Altas del norte de Madagascar.

Frente a la agricultura de roza y quema—la quema de bosque para abrir nuevos campos de cultivo— y la fabricación de carbón vegetal, dos amenazas que crecen al ritmo de la población, existen alternativas más sostenibles y también más rentables, como la permacultura o el carbón ecológico. El turismo, de hecho, ya demuestra que un baobab en pie puede valer más, y para más gente, que un baobab talado: son precisamente estos árboles los que atraen a viajeros de todo el mundo y hacen vivir a las comunidades que los rodean.

Los baobabs de Madagascar son únicos en el planeta. Protegerlos —y replantarlos donde ya han desaparecido— es, sencillamente, urgente.

El Baobab: árbol sagrado de los espíritus

En el suroeste de Madagascar, ciertos baobabs no son solo árboles: son morada de espíritus ancestrales, o del kokolampo, el espíritu del bosque que puede llegar a poseer a quien se acerca demasiado, especialmente si es una persona mayor.

Junto a los ejemplares sagrados de Adansonia grandidieri suelen colocarse conchas de caracol gigante africano como señal de su estatus especial, y ofrendas de ron para pedir fertilidad o buena fortuna. Algunos baobabs de formas particularmente sugerentes, como el que se alza junto al lago Andranovorinampela, en la Reserva Especial de Andranomena, reciben la visita de parejas que desean tener un hijo.

Son los propios habitantes de la zona quienes protegen estos bosques sagrados, conscientes de que ahí habitan fuerzas que merecen respeto.

La isla madre de los baobabs

Poco antes de llegar a Morondava, los primeros baobabs empiezan a asomar entre los arrozales, reinando sobre el paisaje. Son ejemplares de Adansonia grandidieri, que llegan a alcanzar los 30 metros de altura. Los baobabs, en el mundo, solo crecen de forma natural en África y en la costa oeste de Australia, pero en Madagascar llegan a convivir hasta siete especies distintas. De ahí que a la isla se la conozca como «la isla madre de los baobabs», aunque el naturalista británico Gerald Durrell (1925-1995) siempre confesó preferir su fauna, a cuya protección todavía hoy se dedica la Durrell Wildlife Conservation Trust.

Justo a la entrada de Morondava, un cartel anuncia la escuela Le Petit Prince, con un dibujo del célebre Principito de Saint-Exupéry. Más allá, unas calles polvorientas y una playa maltratada por los ciclones dan a la ciudad un aire algo desangelado. Pero basta con esperar a que caiga la tarde y acercarse a la mundialmente célebre Avenida de los Baobabs, muy cerca de allí, para que todo cambie.

La luz sesgada del atardecer alarga las sombras y enciende los troncos rojizos, mientras una carreta avanza lentamente por el camino de tierra. «He venido desde Tokio solo para ver esto», confiesa entre lágrimas de emoción un viajero japonés. A pocos pasos, un par de baobabs entrelazan sus troncos como si llevaran siglos abrazados: es el conocido árbol de los enamorados, parada obligada de quienes llegan hasta aquí.

Ningún documental, por bueno que sea, transmite lo que se siente al caminar entre estos gigantes al atardecer, cuando su silueta se recorta contra un cielo naranja y el silencio del bosque seco parece detener el tiempo. El baobab no es solo un árbol extraordinario desde el punto de vista científico: es una puerta de entrada a la historia profunda de Madagascar, a sus extinciones, sus leyendas, sus amenazas presentes y la relación que sus habitantes han tejido con la tierra durante generaciones. Visitarlo, aunque sea una sola vez en la vida, es una de esas experiencias que cambian la forma en que uno entiende un paisaje.

Leyendas sobre el baobab

Cuando viajas por África es inevitable escuchar numerosas leyendas sobre los baobabs.

Se remonta a los tiempos oscuros de la creación, cuando los dioses decidieron poblar la Tierra con distintas especies de árboles; al principio, plantaron el baobab en la selva, pero este se quejó de la humedad. Los dioses lo trasplantaron entonces a la zona abrupta de las Montañas de la Luna, pero el baobab se lamentó del frío. Al final, los dioses, enojados por sus constantes protestas, decidieron lanzarlo como si fuera un arma arrojadiza a las tierras más áridas del sur de África, pero lo hicieron con tan mala fortuna que el árbol aterrizó al revés, con las raíces al aire.

Esta leyenda, que se cuenta para justificar el pequeño tamaño de las ramas del baobab en comparación con el tronco, cuenta también con otra versión, que asegura que cuando los dioses crearon el mundo repartieron las distintas semillas entre los animales para que las plantaran; la del baobab fue a parar a manos de la traviesa hiena, quien, más que nada por diversión, decidió plantarla al revés. El resultado de la jugarreta salta a la vista.

Una tercera versión, que se permite algunos cambios sustanciales, señala que el baobab fue plantado al revés por envidioso. Según esta leyenda, el baobab fue el primer árbol plantado sobre la Tierra, lo que le llenó de orgullo. Sin embargo, en cuanto vio la palmera sintió celos de su altura y se puso a gritar que quería ser más alto. Cuando poco después vio el flamboyant, también conocido como «llama del bosque», el baobab lloró porque quería tener unas flores tan bellas y tan grandes como aquellas. La historia no termina aquí, ya que en cuanto vio una higuera, el baobab reclamó poder tener frutos. Al final, los dioses le concedieron todo lo que pedía pero, hartos de sus protestas, lo lanzaron con fuerza lo más lejos posible, con tan mala suerte que aterrizó de cabeza.

Hay muchas leyendas sobre los baobabs en general, pero también las hay referidas a ejemplares concretos.

Cómo visitar los baobabs durante un viaje a Madagascar

Se puede vivir la magia de los baobabs en varios puntos de Madagascar. En Morondava, la famosa Avenida de los Baobabs regala una puesta de sol mágica con nuestros tours por Madagascar: La Ruta del Sur, En tierras sakalava o Esencias Malgaches. En Diego Suárez, el parque nacional de Ankarana protege especies en gran peligro de extinción como el Adansonia perrieri, el A. suarezensis y el A. madagascariensis, recorribles con Los vientos del Norte. Más al sur, el bosque encantado de Andavadoaka y los gigantes ejemplares de Bevoay y Tsimanampesotse completan el retrato.

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