Tradiciones de Madagascar: El famadihana, los Razana y los fady

Tradiciones de Madagascar: El famadihana, los Razana y los fady

La isla donde los muertos viven

El culto a los ancestros y el regreso de los difuntos son los elementos más sorprendentes de la cultura malgache. Cada siete años, los difuntos, envueltos en mortajas blancas y llevados sobre esterillas de paja, salen de sus tumbas para entablar contacto con sus familiares vivos. Es el famadihana, una de las grandes fiestas malgaches.

La exhumación de los cuerpos de los difuntos es uno de los momentos más emotivos del famadihana. Los familiares los llevan sobre la cabeza hasta el lugar en el que se les dará una nueva mortaja.

Es la cuarta isla más grande del mundo por extensión y la mayor del océano Índico. No es extraño, por tanto, que las costas de Madagascar hayan atraído a todos los navegantes que se han aventurado entre India y el sudeste asiático, por un extremo, y el sur de África, por otro. Un simple vistazo al mapa es suficiente para convencerse de ello: si se navega por ese eje, es difícil no tropezarse con la gran isla.

Aunque los historiadores no han logrado desvelar aún todos los misterios sobre los orígenes del pueblo malgache, no hay duda de que los primeros en desembarcar en la isla fueron indomalayos. Llegados desde las costas de Indonesia y Malasia, situadas a más de seis mil kilómetros al nordeste, habrían navegado de manera directa o haciendo escalas en las costas africanas, y habrían llegado a Madagascar hace unos 1.500 o 2.000 años. El itinerario de los pueblos que se unieron a ellos posteriormente es geográficamente más simple —las costas mozambiqueñas están a tan solo 430 kilómetros de la gran isla—, aunque los especialistas se preguntan todavía sobre ciertos aspectos de ese movimiento de población. En cuanto a las contribuciones árabes, centradas básicamente en el este isleño, guardan también algún misterio.

Una cultura fascinante: un soplo de Asia en África

Pero qué importa. Aunque las causas permanezcan en algunos casos oscuras, el resultado es bien visible: Madagascar debe a su posición y su población el ser la única tierra del planeta que tiene derecho al término «afroasiática». Un soplo de Asia en tierra africana: la isla tiene la tierra roja de África y ha heredado al mismo tiempo los arrozales propios asiáticos. Inútil buscar en otras latitudes la fusión de elementos africanos y de palabras procedentes de Asia. Solo convergen bajo los espléndidos cielos malgaches.

La originalidad de la población de Madagascar no termina en los dos horizontes geográficos que la isla ha unido. Reside, además, en el hecho de que las culturas africana y asiática se han asentado aquí en un sistema de valores únicos y auténticamente malgache. Aunque el pueblo de la llamada isla roja está constituido por dieciocho etnias diferentes y los rasgos de unas y otras dejan ver un origen marcado por Asia o por África, los habitantes de Madagascar se definen a sí mismos de manera unánime como Malagasy. Hasta tal punto son un factor de unidad en Madagascar la historia, la lengua y la insularidad.

El culto a los ancestros es el elemento más distintivo de esta cultura original. Oficialmente, la población de la isla es de 18 millones de habitantes, pero aún se le podrían añadir algunas decenas de millones más, pues los ancestros, desde el fondo de sus tumbas, continúan interviniendo con fuerza en la vida cotidiana de la isla.

La presencia de los ancestros

Aunque es verdaderamente un mundo paralelo, el universo de los razana —el nombre malgache de los ancestros— apenas se deja ver a los viajeros que están de paso. Es un mundo discreto: salvo algunas estelas, señales y tumbas, visibles sobre todo en el sur y en el oeste, no hay en Madagascar grandes monumentos consagrados a esos antepasados. Y como es un país de tradición oral —en él se habla de «la herencia oral»—, tampoco se ha creado en la gran isla un libro de culto de la «religión» dedicada a ellos. Pero no importa: incluso más que Zanahary, el dios creador, los difuntos ocupan un lugar privilegiado en la espiritualidad y la cotidianidad de los malgaches. Su culto sirve a la vez de filosofía, de sistema religioso, de marco social y de memoria colectiva.

Para darse cuenta, hay que asistir a uno de los numerosos famadihana que se desarrollan en el altiplano entre junio y septiembre. La estación seca es la más propicia para el «regreso de los muertos» o «segundo enterramiento», la ceremonia que mejor deja entrever la sorprendente relación de los malgaches con el mundo de los difuntos. A menudo, la decisión de organizar esta ceremonia, que grava mucho el presupuesto de las familias —hay que alimentar a decenas de comensales y sacrificar cebúes y otros animales—, se lleva a cabo después de que un aldeano haya tenido un sueño en el que uno de sus ancestros le «ha pedido» una «visita» de su familia y una mortaja nueva. El mpanandro (astrólogo) fija entonces el momento más propicio para la ceremonia. En esta fecha, toda la aldea y la familia se reúnen durante dos o tres días de festejos, durante los cuales los restos mortales son exhumados y llevados en brazos hasta la aldea, antes de ser enrollados otra vez en una nueva lambamena (mortaja) y vueltos a colocar en la sepultura.

¿Es una tradición siniestra? Todo lo contrario. El famadihana no tiene como objetivo expresar el duelo, sino recordar al difunto que sigue presente en sus memorias, por lo que se desarrolla con el mejor humor: los participantes ríen, cantan y hablan al muerto, lo llevan en procesión, bailan con él, lo miman, le hacen regalos y beben toaka gasy, el alcohol artesanal que se destila en Madagascar. Un observador extranjero deduce de esta atmósfera de fiesta popular que los difuntos tienen un estatuto muy alejado del que se les concede en las sociedades occidentales. Los muertos en Madagascar continúan «viviendo» a su manera.

La ceremonia relacionada con los difuntos supone un gasto considerable para las familias, ya que todos los vecinos participan en ella y tienen que ser alimentados. Tras el ritual, los cuerpos vuelven a ser enterrados en el cementerio familiar.

El culto a los ancestros practicado en la isla refleja una visión del mundo muy particular. Mientras que la mayoría de las culturas y religiones contraponen la vida y la muerte, el espíritu malgache ve en esta última una fase entre otras de la vida. «Los que se han ido solo se han adelantado en el tiempo, porque el camino es el mismo», dice un proverbio malgache. Los muertos en Madagascar no son los «muertos» tal y como se entienden en las culturas occidentales, donde están fuera del mundo de los vivos. Aquí se considera que han alcanzado la última fase de la vida, el estadio superior de la hasina, esa sabiduría que trae consigo la vejez. Rendirles homenaje es la manera más lograda de darle gracias a la vida.

El cuidado de los ancestros se explica también por el relativo temor que se les tiene. En el espíritu malgache, una catástrofe natural, una enfermedad, un accidente o las malas cosechas se deben a un ancestro ofendido. Nadie quiere disgustar a los razana. Al contrario, la voluntad de no provocar su ira se ilustra con el cuidado de sus sepulturas. Por lo general, en el altiplano son discretas; ocupan simples cavidades en los macizos rocosos. En cambio, las tumbas de los Mahafaly, en el extremo sur del país, son espectaculares: están adornadas con cuernos de cebúes abatidos durante la ceremonia del enterramiento y con un aloalo, una especie de tótem tallado en madera. Aquí, en una de las zonas más dejadas de la mano de Dios, es frecuente que los difuntos reposen en tumbas de piedra, mientras sus descendientes habitan cabañas de madera y fibra vegetal. «Mejor estar sin casa durante la vida que durante la muerte», dice un proverbio malgache. Para contentar a los razana se deposita también un poco de comida en el rincón nordeste de los habitáculos, zoro firarazana, que les está tradicionalmente reservado.

Prohibiciones que rigen la vida: fady

Los ancestros están igualmente presentes mediante numerosos fady, ese término malgache que designa innumerables tabúes y prohibiciones que pautan la vida de las aldeas. Quebrantarlos despierta la cólera de los razana, algo que nadie desea. Acercarse a las sepulturas, comer tal o cual animal o señalar con el dedo, por poner solo unos ejemplos, puede ser fady en una u otra región del país. Miles de prohibiciones, cuya transgresión desencadena la cólera de los ancestros, rigen así la vida de la isla. Tienen su origen en la historia de un territorio concreto: si un fady prohíbe ir en canoa vestido de rojo en la región de Manakara es porque un día a alguien le ocurrió la desgracia yendo vestido de ese color. Los vivos han olvidado la anécdota, pero los ancestros se acuerdan.

Las tumbas y tallas eróticas de los Sakalava

La zona oeste de Madagascar es la que tiene mayor influencia africana. El grupo étnico predominante en ella es el de los Sakalava, que también veneran las reliquias, pero no las de sus familiares, sino las de sus reyes. Las tumbas de sus propios difuntos las cubren con elaboradas tallas eróticas que representan escenas de sexo oral y otros actos considerados fady en la vida cotidiana. Lamentablemente, el expolio a que han sido sometidos muchos de estos enterramientos ha hecho que hoy sean difíciles de ver: los Sakalava mantienen la ubicación de sus tumbas en secreto.

Lejos de estar arrinconados en una existencia celeste desconectada de lo cotidiano, los difuntos ejercen su influencia en la vida diaria. Próximo a un sistema religioso, el «razanismo» se provee asimismo de marco social: los ancestros simbolizan la continuidad, el respeto a las reglas, el vínculo con la familia, la aldea y el grupo.

Contactos con ritos foráneos

La llegada de los misioneros cristianos ha afectado poco al culto tradicional de los ancestros. El culto a los razana ha sintonizado sin colisión con el cristianismo, hasta el punto de que hoy es frecuente oír cánticos cristianos durante un famadihana. En cambio, las prácticas funerarias occidentales, que han hecho una tímida aparición en las ciudades en forma de cementerios, no han seducido más que a una pequeña porción de la población urbana. El culto de los ancestros permanece así como la principal referencia de la espiritualidad malgache.

No obstante, las tradiciones malgaches, como toda cultura viva, conocen también evoluciones. Por ejemplo, hoy se tiene una mayor tolerancia hacia los extranjeros en las ceremonias, pues cada vez más a menudo son invitados a asistir a los famadihana. Con algunos de nuestros tours, entre junio y octubre, puedes vivir la experiencia de asistir a una famadihana, la ceremonia del retorno de los muertos. En lo que se refiere a los fady, están perdiendo su influencia entre las jóvenes generaciones urbanas. Y aunque el culto a los ancestros disminuye en las ciudades, sigue siendo una influencia importante en el conjunto del pensamiento malgache. Considerar la vida temporal como una simple etapa explicaría la aparente resignación respecto a los acontecimientos cotidianos. «Para los malgaches, la vida terrestre no es la panacea. Es difícil y de ella no esperan satisfacciones», señala Christian, un francés que ha vivido mucho tiempo en el país. «No sé si la idea de que podemos actuar para cambiar nuestro destino tiene alguna relevancia aquí. Escuchamos siempre decir «es así en Madagascar» o «somos un país pobre», como si las cosas fueran inmutables. El culto a los ancestros tiene algo que ver en ello».

La cuestión sigue abierta, pero algo es seguro: los muertos tienen por delante días felices en Madagascar. Como dice un proverbio: «Los muertos solo están muertos cuando los vivos los olvidan».

¿Quieres Explorar Estos Destinos?

Nuestros guías expertos te llevarán a descubrir los secretos mejor guardados de
Madagascar

Compartir

Tabla de contenidos

¿Tienes Preguntas?

Nuestros expertos están listos para ayudarte a planificar tu viaje perfecto

Artículos Relacionados

Solicita tu Presupuesto​

Completa el formulario y recibe una propuesta personalizada

1. Información Personal


2. Detalles del Viaje


3. Preferencias del Viaje


4. Mensaje Adicional