Antananarivo: qué ver en el corazón de la capital de Madagascar

Historia de Antananarivo y del reino Merina

Antananarivo significa la ciudad de los mil en la lengua local, pero el número de soldados que allí permanecieron en ella tras ser fundada en 1625 por el rey Andrianjaka. A fines del siglo XVIII, el rey Andrianampoinimerina hizo de ella la capital del reino merina y la base desde la que sus sucesores emprenderían la conquista de Madagascar.

Durante esa misma centuria, sus costas se convirtieron en refugio de todo tipo de piratas. Llegan los imperios coloniales. En el siglo XIX, otros piratas llamados imperios se acercaron. Primero fueron los británicos que, al calor de las buenas relaciones con el rey Radama I, trajeron el alfabeto occidental y el cristianismo mientras se llevaban cuanto pudieron. Luego se sumaron portugueses y franceses en una toma y daca de las potencias coloniales de la época que dependía del rey malgache que gobernara en cada momento y de sus favoritismos.

Finalmente, en 1895, Francia negoció con Inglaterra que “la dejaran hacer” a cambio de concesiones en Zanzíbar. La reina Ranavalona III fue obligada a exiliarse en Argelia. Lo que pretendían los franceses era abolir la monarquía porque constituía un símbolo muy importante de unión para los malgaches. El consiguiente vacío de poder permitió establecer un mando militar que convirtió la isla en una colonia francesa. Años más tarde, en 1946, Madagascar fue declarada territorio de ultramar, un departamento más de Francia. Sobre el papel, con la declaración, los malgaches ganaban más autonomía, pero en la práctica nada cambió y las revueltas y disturbios fueron constantes.

Durante los años 50, el anticolonialismo surgió en el continente africano y Madagascar no fue una excepción. Al final, la metrópoli se vio obligada a convocar elecciones que fueron ganadas por los independentistas. En 1960, una Francia rendida a lo evidente declaró la independencia de la isla.

La independencia que celebramos el 26 de junio de cada año no trajo mejores condiciones de vida para los malgaches, debido a los abusivos acuerdos comerciales que aún se mantenían con Francia. En 1972, Madagascar dio un giro radical en su política. Se proclamó socialista y estableció relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, Vietnam y Cuba. Unos años de gobiernos dirigidos por militares no mejoraron la situación del país; al revés, lo llevaron al borde del enfrentamiento civil. En 2002, el exalcalde de Tana, Marc Ravalomanana, y su partido conservador TIM, apoyado por las iglesias protestantes, ganaron las elecciones. A partir de ese momento, Madagascar ha conseguido un gran crecimiento económico. Aunque el poder de Ravalomanana inquieta a algunos, preside el país y, al mismo tiempo, un conglomerado económico basado en el monopolio de la producción láctea, cadenas de radio y televisión evangélicas, el diario Le Quotidien y buena parte de las empresas de trabajos públicos.

Los primeros habitantes de Madagascar

Descubrí que la gran isla era también un lugar de historia incierta y azarosa, con enigmas todavía sin una respuesta clara, como el de sus habitantes. Los primeros de estos habrían llegado aquí hace unos dos mil años, procedentes de Asia y no de África, pese a la cercanía de la isla con ese continente. Eran los vazimba, unos pigmeos blancos de los que los reyes que dominaron posteriormente Madagascar se declararon herederos, aunque aquí se confunde seguramente la leyenda con la realidad. Lo más importante es que estos vazimba sean descendientes de navegantes provenientes de la actual Indonesia, en concreto del sur de Borneo, donde hay pueblos como los Daya que hablan lenguas emparentadas con el malgache.

La lengua no fue su única aportación, pues esos navegantes también trajeron consigo el cebú, el cultivo del arroz y ritos y tradiciones que han estado en la base de la cultura malgache. Esta, sin embargo, no se reduce a esa primera aportación, sino que es el fruto del matrimonio mejor o peor avenido con otras culturas y civilizaciones, representadas por otras migraciones originarias de Australasia, los negros bantúes llegados a Madagascar como esclavos, con su lengua suajili y sus tradiciones, los hindúes, persas y árabes que establecieron enclaves comerciales en sus costas, y los modernos colonizadores británicos y franceses. Todas estas contribuciones sentaron las bases del Madagascar contemporáneo, un crisol difícil pero enriquecedor que se transparenta en el variado color de piel de sus habitantes.

Los herederos de los Vazimba

Mi amigo y guía, Mena, apareció ante mí con una sonrisa franca. Es un joven emprendedor que empezó a trabajar de guía con un castellano excelente, algo que nadie imaginaría encontrar en una isla que apenas tiene relación con España. Le encanta contar historias del país y compartir su conocimiento de la isla, por lo que le encantaba conversar. Lo pude constatar enseguida. Mena pertenece al grupo tribal más numeroso de la isla, los Merina, formado por más de tres millones de personas. La mayoría de ellos vive en el centro de la isla y se consideran descendientes directos de los Vazimba primigenios, como parece demostrarlo un color de piel más claro que el de otros compatriotas y unos rasgos faciales, por lo general, mucho más asiáticos.

El Rova de Antananarivo, símbolo de Madagascar

La visita de Tana debe comenzarse por el Rova o el Palacio de la Reina, porque la vista panorámica desde allí es magnífica y permite observar la ciudad en toda su extensión. Para llegar a ese lugar hay que subir la tremenda roca de granito sobre la que se asienta Tana. En unos minutos se abandona la parte baja de la urbe, mucho más viva y bulliciosa, para ascender por laberínticas, serpenteantes y estrechas callejuelas rodeadas de viejas y amplias casas construidas de ladrillo rojo.

El palacio, mejor dicho, lo que queda de él tras el devastador incendio que lo destruyó casi por completo en 1995, llevándose por delante documentos históricos, obras de arte y las tumbas de los reyes y reinas de la dinastía Merina, está asentado sobre Analamanga, la más alta de las doce colinas sagradas que rodean esta ciudad de 1,5 millones de habitantes. Una vez arriba, se abre una perspectiva de una ciudad informe, sin centro ni orden aparente, con la cuadrícula de los bancales de arroz en la lejanía.

El 6 de noviembre de 1995, un incendio destruyó el palacio real de Tana, el Rova, conocido con el nombre de Manjakamiadana, que significa un lugar excelente desde el que reina. Fue construido en 1839 por encargo de la reina Ranavalona I, sobre la colina más alta del lago Anosy. Su reconstrucción se prolongó durante casi tres décadas y, finalmente, el complejo reabrió sus puertas al público en junio de 2023. Hoy, convertido en el Rovan’i Madagasikara, alberga un museo dedicado a la historia y al patrimonio de la isla, donde se exponen objetos de la realeza merina, piezas históricas y exposiciones que permiten comprender la evolución de Madagascar. Visitarlo al finalizar un recorrido por la isla es una forma inmejorable de poner en contexto todo lo descubierto durante el viaje y comprender mejor la identidad histórica y cultural del país.

Vale la pena visitar Antananarivo

El lago Anosy

Al sur de Antananarivo se encuentra el lago Anosy, uno de los mejores y más pintorescos lugares de la capital para pasear, sobre todo en octubre, cuando las jacarandas están cubiertas de flores púrpuras. A primera hora de la mañana es también posible observar bandadas de garzas blancas posadas sobre los árboles próximos. En el centro, una pequeña isla, unida a la orilla por una calzada, acoge la estatua de un gran ángel blanco, el monumento con el que los malgaches y franceses recuerdan a sus caídos en la Segunda Guerra Mundial.

La estación de Soarano

Ahora nos encontramos en la gare Soarano, la estación de tren de Soarano, la antigua y bellísima estación de tren construida en estilo colonial francés, situada en la avenida de la Independencia. Desgraciadamente permanece cerrada al transporte ferroviario. El edificio se utiliza hoy como oficinas y almacenes. También se convirtió en tiendas y en el lujoso restaurante Café de la Gare.

El mercado del Zoma

Perderse por los puestos de los mercados de la capital malgache es una invitación a gozar de los sentidos, tal es la cantidad y variedad de productos que pueden encontrarse en ellos. Frutas y hortalizas ocupan un lugar privilegiado de su oferta.

El Zoma es el más conocido de los mercados que se celebran en Tana. Tanto es así que la palabra, que significa «Viernes», ha pasado a usarse como sinónimo de mercado.

El Zoma, que en teoría fue suprimido por las autoridades hace unos años por el caos circulatorio que ocasionaba y la cantidad de pequeños raterillos que deambulaban a sus anchas entre tanto gentío, estaba considerado el mercado al aire libre más grande del mundo. Actualmente está menos concentrado en el centro y sus calles cercanas, y en cambio se ha extendido por casi toda la ciudad.

Hasta este momento no había visto Tana como una ciudad africana. La arquitectura francesa, edificios e iglesias, las coquetas casas y los cultivos en terrazas, los asiáticos, así como el suave olor y la dulzura de rasgos de sus habitantes, me habían despistado. Pero al entrar en el mercado, la ciudad me mostró sin máscara su verdadera esencia. Tana desprende africanidad por todos sus rincones. Miles de puestos con todo tipo de mercancías se agolpaban uno detrás de otro. Ropas, alimentos, tallas de madera, juguetes hechos con latas de conservas, minerales y cualquier cachivache esperaban a su comprador. El regateo era la moneda oficial del mercado y la paciencia la mejor arma. A los que disfrutamos negociando el precio y observando la vida cotidiana, el Zoma es un destino irresistible.

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